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A
mi madre le costó decidirse
pero llegó un momento
en que tuvimos que traer el
abuelo a casa.
Hacía
cinco o seis años que
había fallecido mi abuela,
y durante este tiempo se había
apañado muy bien solo,
incluso venía a visitarnos
de vez en cuando con su bastón
con pomo de cristal que tanto
me gustaba.
Recuerdo
que cuando venia yo salía
corriendo a abrazarlo y me gustaba
sentarme a su lado y mirarle
aquella cabellera blanca y su
cara pulcramente afeitada.
Pero
cuando vino a vivir con nosotros
ya no era el mismo. Sus ojos
se habían hundido un
poco en su cara y sus pupilas
se habían vuelto mucho
más negras, sus mejillas
estaban a medio afeitar y su
pelo estaba despeinado y sucio.
Se
le habilitó la habitación
del fondo, junto con la lavadora
y la ropa de plancha, e intentamos
incorporarlo a nuestra rutina
diaria.
Fue
difícil, mis padres se
iban al trabajo, mi hermano
y yo al instituto y él
se quedaba solo en casa. Pero
antes de salir había
que dejarlo todo listo, y con
las prisas de las mañanas
todo se complicaba.
El
primer problema fue el del cuarto
de baño. En casa sólo
había uno y teníamos
que repartírnoslo entre
mis padres, mi hermano y yo,
y ahora, también el abuelo,
que para no molestar, se levantaba
el primero de todos y luego
salía de su cuarto a
desayunar ya vestido y encorbatado.
Y
cuando el primer sábado
después de llegar el
abuelo, mi madre le dijo que
tocaba ducha, él se negó
en redondo.
No
hubo manera de convencerle.
Decía que él ya
se lavaba por las mañanas,
pero lo cierto era que iba sucio
y se notaba.
Durante
toda la semana siguiente estuvieron
a la greña, una exigiendo
limpieza y el otro, tozudo negándose.
Era evidente que no se podía
bañar solo, que en casa
solo teníamos bañera
y él no era capaz de
entrar y salir, y estaba muy
claro que tenia vergüenza
de que le vieran desnudo.
Mi
madre estaba desesperada ante
la actitud de su padre, en vano
se lo explicaba, que no pasaba
nada que todos los ancianos
necesitaban ayuda para ducharse,
que era normal, pero el viejo,
erre que erre, se negaba.
Yo
tenía por aquel entonces
quince años, pero quince
de los de ahora, no de los de
hace medio siglo. No me asustaba
ni la vida ni el sexo, ni los
tabúes de los mayores,
y me sentía dolida por
mi abuelo. Entendía su
miedo y su vergüenza, con
la vejez, se van perdiendo poco
a poco atribuciones y cosas,
y él estaba a punto de
perder su intimidad, pero yo
sabía como convencerlo,
había que poner muchas
dosis de cariño y un
poquito de audacia.
Y
aquel viernes, cuando llegué
a casa, mi abuelo estaba como
siempre, sentado en su butaca,
viendo la televisión
con aquella cara triste y aquellos
ojos negros, muy negros.
Me
dirigí hacia él,
le di un beso en la mejilla
y le dije:
Prepárate
que hay que ducharse, hoy hay
cena familiar y no quiero que
seas un viejo sucio.
Me
miró sin decir nada,
como asustado.
Yo
me fui a mi cuarto, me desnudé,
me anudé una toalla de
manos a la cintura, me puse
unas zapatillas y salí
de esta guisa al comedor.
El
anciano se quedó de una
pieza cuando me vio aparecer
en el comedor en traje de ducha.
Bajó
la cabeza dirigiendo los ojos
al suelo para no mirar. Se le
veía avergonzado e inquieto.
-Abuelo,
mírame, soy tu nieta.
Supongo que el hecho de que
esté desnuda no te induce
malos pensamientos no?
El,
cabizbajo, negó enérgicamente
con la cabeza, aún sin
atreverse a levantarla.
-Mírame,
no pasa nada, es solo un cuerpo,
ahora es joven, algún
día también será
viejo como el tuyo. Levanta
la vista, deja la vergüenza
para los memos.
Y
mi abuelo, levantó la
cara y me miró, y su
mirada era de cariño
y de amor, su mirada era limpia
y pura, me observó, lentamente
y me sentí observada,
allí, de pié con
las manos en las caderas, y
me sonrió, y se dejó
coger de la mano y conducir
al cuarto de baño.
Aceptó
desnudarse y que lo ayudara
a ponerse dentro de la bañera,
puse un taburete dentro y así,
sentado, él con la esponja
y yo con la ducha teléfono,
lavamos aquel cuerpo viejo y
ajado.
Por
la noche, teníamos cena
de familia. Hacía unos
días mi padre había
cumplido cuarenta años
y lo íbamos a celebrar.
Venía la tía Enriqueta,
hermana de mi padre, soltera
compungida y también
su hermano Carlos y su mujer.
Gente de bien, de derechas de
toda la vida, seria y estirada.
Total, tres de fuera, nosotros
cuatro y el abuelo
Mi
madre llegó tarde y con
prisas, con las bolsas de la
compra y se metió en
la cocina a preparar la cena.
Ni siquiera reparó en
el abuelo que estaba en su butaca
limpio afeitado y pulcro como
un pincel.
Llegaron
los invitados, saludos y besos,
poner la mesa, ayudar en la
ensalada, los hombres, como
siempre sin pegar golpe, sacar
el vino, traer las sillas, hasta
que por fin, nos sentamos todos
a la mesa.
-¿No
os habéis fijado en el
abuelo lo limpio y guapo que
se ve?
Todos
se fijaron en el cabecera de
mesa, imponente con su melena
blanca bien lavada y peinada
y su cara afeitada. Como siempre,
camisa y corbata y su mirada
que había recuperado
parte de su orgullo y viveza.
En sus labios una media sonrisa.
-No
se quería duchar porque
tenía vergüenza
de que le viéramos desnudo,
por lo que he tenido que ducharme
con él para convencerlo.
Esto
no era rigurosamente cierto,
pero de alguna manera describía
que habíamos compartido
desnudez y ducha.
Se
hizo un silencio sepulcral.
Las miradas de los presentes
fueron pasando y cruzándose
entre todos como enviándose
mensajes de estupor y susto.
Incluso
el memo de mi hermano, al que
se le escapaban miradas furtivas
cuando iba con poca ropa, se
me quedó mirando como
alelado. Tenía dos años
más que yo, pero parecía
que eran dos menos.
La
primera que rompió el
hielo, fue mi madre, comentando
que menos mal, que le hacía
falta una ducha al abuelo, pero
los demás, seguían
mudos, silentes totales.
Tenían
la ensalada en el plato, y aprovecharon
para llenarse la boca y evitar
decir ni pio. Nunca había
visto comensales tan aplicados
en su trabajo.
Yo
comía satisfecha, pensando
en lo que les debía circular
por la cabeza a todos ellos.
Mi
padre, estaba asustado, como
siempre que intentaba hablar
de mis salidas y mis novios.
Prefería no preguntar,
no saber, se daba cuenta de
que su hija se volvía
mayor, y la tarea le empezaba
a venir grande.
La
tía Enriqueta, estaba
sencillamente escandalizada.
Lo que yo había hecho
era perverso, en realidad todo
lo que tuviera que ver con la
epidermis era así. Ella
que vestía todavía
con enaguas y con faldas por
debajo de la rodilla, se sentía
ofendida y atacada por una mocosa
desvergonzada.
El
tío Carlos, me miraba
con estupor, por un momento
pensé en que me estaba
desnudando, pero cada vez que
le dirigía la mirada,
la apartaba enseguida.
Y
su mujer, la arpía de
su mujer, tenía prisa
por irse pensando en todo lo
que tenía que comentar
y criticar, le había
dado tema para toda la semana.
Mi
hermano, simplemente, no sabe
no contesta, se le hubiera podido
ocurrir a él, el convencer
al abuelo a ducharse y a quitarse
los miedos, pero ni siquiera
se le había pasado por
la cabeza!
A
mí me hubiera gustado
que fuera más abierto,
más normal, que fuera
capaz de decirme que estaba
muy guapa y que tenía
unos pechos preciosos, y decírmelo
con cariño de hermano,
sin mirármelos de reojo.
Pero evidentemente aún
le faltaba madurar un poco.
En
cuanto a mi madre, después
de la sorpresa inicial, fue
la que me entendió mejor
que nadie, ella me conocía,
sabía que no tenía
dobleces y que decía
las cosas tal y como las pensaba.
A lo mejor me tenía envidia,
porque seguramente ella, no
sería capaz de desnudarse
frente a su padre. Pero seguro
que le hubiera gustado.
Fue
una cena de pena que terminó
lo antes posible sin volver
a mentar para nada el tema de
la ducha. Solo mi abuelo y yo
sonreíamos cómplices.
Yo soy feliz, porque mi madre,
en la cocina, mientras recogíamos
los platos, me dio un beso sin
venir a cuento
O sí.

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