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El amor es paciente
y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se
infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no
se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto,
sino que se goza en la verdad.
El mundo sería mejor si no fuésemos tan interesados. Hoy, en nuestras iglesias, vemos personas compareciendo a las asambleas porque allí es ofrecido bendiciones financieras. Vemos una grande cantidad de hombres y mujeres que esperan una "revelación" que podrá venir a través de una visión de un objeto, que hasta hoy no conseguí comprender para qué sirven. En resumen, las iglesias están llenas de personas que tienen algún "interés" en los beneficios de Dios. Recuerdo de un caso interesante, acontecido hace muchos años atrás. Una señora no perdía ninguna Asamblea de oración. Allí lloraba y lloraba y pedía a todos que orasen para que ella recibiese una determinada herencia. Bien, consiguió recibir el dinero anhelado. Compró una hacienda y nunca más fue a las Asambleas. Después de más de un año apartada, una hermana la encontró en cierto lugar y le preguntó porque no estaba yendo más a las reuniones. La señora contestó: "¡No estoy necesitando de Dios para más nada en el momento!" ¿A quién estamos engañando? ¿A Dios? Claro que no. El Señor no se deja engañar. Cuando vamos a la iglesia, nuestra motivación debe ser el amor. Vamos a las Asambleas porque queremos alabar, adorar y bendecir a Dios porque lo amamos, porque el Señor perdonó nuestros pecados y porque escribe nuestro nombre en Su Libro en los Cielos. Porque cuida a nosotros
y de nuestra casa, porque Él es nuestro mejor Amigo y nuestro Salvador. ¡Alaba a Dios por amor y no por interés!
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