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Me parece
que la primera cosa que tendríamos que enseñar
a todo hombre que llega a la adolescencia es que los humanos
no nacemos felices ni infelices, sino que aprendemos a ser una
cosa u otra y que, en una gran parte, depende de nuestra elección
el que nos llegue la felicidad o la desgracia.
Que no es cierto,
como muchos piensan, que la dicha pueda encontrarse como se
encuentra por la calle una moneda que pueda tocar como una lotería,
sino que es algo que se construye, ladrillo a ladrillo, como
una casa.
Habría
también que enseñarles que la felicidad nunca
es completa en este mundo, pero que, aun así, hay raciones
más que suficientes de alegría para llenar una
vida de jugo y de entusiasmo y que una de las claves está
precisamente en no renunciar o ignorar los trozos de felicidad
que poseemos por pasarse la vida soñando o esperando
la felicidad entera.
Sería
también necesario decirles que no hay "recetas"
para la felicidad, porque, en primer lugar, no hay una sola,
sino muchas felicidades y que cada hombre debe construir la
suya, que puede ser muy diferente de la de sus vecinos.
Y porque, en
segundo lugar, una de las claves para ser felices está
en descubrir "qué" clase de felicidad es la
mía propia. Añadir después que, aunque
no haya recetas infalibles, sí hay una serie de caminos
por los que, con certeza, se puede caminar hacia ella.

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