|
El que es
feliz no necesita demostrarlo. El que no lo es, debe aparentarlo.
No siempre
la carcajada es señal de felicidad. Muchas veces es la
simple máscara de una tragedia. ¿Por qué?
Porque la verdadera felicidad está hecha de algunos materiales
muy concretos.
Está
hecha de paz con Dios, de paz consigo mismo, de amor al prójimo.
Quien tiene estos materiales no necesita aspavientos, no necesita
carcajadas. Sabe, se siente, es feliz.
Ahora bien,
esta felicidad, esta paz del corazón está muy
amenazada. Está ahí el pecado en sus diversas
formas que mata esa paz. Está el rencor que pudre el
corazón del hombre y que arranca de cuajo cualquier señal
de paz. Está el pesimismo, el desaliento, la desesperanza,
que destruyen completamente esa tierra, ese jardín donde
no puede crecer la tranquilidad y la paz.
¿Me
considero un hombre, una mujer feliz? Si lo eres, ya sé
por qué; no es casualidad, es porque has cultivado las
flores de la felicidad. Tú has cultivado el amor a Dios,
has cultivado el amor a tu prójimo, has cultivado la
paz de la conciencia; por eso eres feliz.
El que es feliz
no necesita demostrarlo. El que no lo es, debe aparentarlo.
La carcajada suele ser una apariencia de felicidad.
|