En un pueblecito yoruba vivían dos
agricultores. Un día, uno de ellos
fue a visitar al otro y le pidió prestado
el cuello de un cántaro roto que había
visto en el patio de su vecino. Este se lo
dio y aquél lo puso como protección
de un árbol de kola jovencito que las
gallinas impedían su desarrollo. El
árbol creció y se desarrollaron
sus ramas que empezaron a dar fruto.
Cuando
recogió las primeras nueces de Kola,
fue a ver a su vecino y le entregó
un buen puñado como prueba de agradecimiento.
El vecino,
sorprendido, reaccionó de forma insospechada,
fue a ver a su congénere y le exigió
que devolviese su cuello de cántaro.
- Es imposible,
el árbol ha crecido dentro del anillo
de la vasija de barro.
- Me da
lo mismo, yo quiero mi cascote de arcilla.
Nadie
pudo convencerle de lo irracional de su conducta,
ni siquiera el rey del lugar, y el dueño
del colatero tuvo que cortar el árbol
para devolverle su boca de cántaro.
Un tiempo
después los dos hombres se convirtieron
en padres de familia, los dos tuvieron una
hija que con el paso del tiempo se convirtieron
en buenas amigas. La hija del propietario
del cascote se casó y tuvo a su vez
una hija. Un día fue a ver a su vecina
y le dijo:
- Nuestra
familia celebra una fiesta y quiero que mi
hija sea la que lleve las mejores y mas bellas
ropas. Tengo ya todo lo necesario. Sólo
me falta un collar y quería pedirte
el tuyo, aquel tan bonito que llevabas cuando
tenías su edad.
La muchacha
aceptó. Fue a buscar el collar y lo
puso al cuello de la niña.
Cuando
volvió a su casa, le dijo a su padre
lo que había sucedido. El padre le
respondió:
- Has
hecho muy bien, pero te ruego que no lo aceptes
cuando te lo devuelvan si no es tal y como
tú lo anudaste a la niña.
Cuando
terminó la fiesta, la madre de la niña
quiso devolver el collar a la dueña
pero esta la detuvo diciendo:
- No,
no no. Devuélvemelo tal y como se lo
dejó a la niña. La madre trató
de soltarlo pero le fue totalmente imposible
mientras su amiga le decía:
- No lo
sueltes porque yo no te lo dejé así,
dámelo tal como te lo dí. Sácaselo
por encima de la cabeza.
- Eso
es imposible.
- Pero
me tienes que dar el collar.
No había
manera de resolver el problema hasta que el
rey propuso que los ancianos del reino estudiasen
la cuestión. Entonces recordaron que
el monarca anterior había dictado una
sentencia que tendría funestas consecuencias
para el juicio que debía dictar al
día siguiente y entonces recordaron
el enfrentamiento que hubo entre el propietario
del collar y el de el cuello del cántaro
y cómo aquel tuvo que cortar su arbol
por el capricho de su vecino.
Entonces,
concluyeron diciendo:
- Majestad,
la sentencia que tendréis que dar mañana
os será dictada por vuestro propio
padre; si hubo que cortar el arbolito de kola
para devolver un viejo trozo de arcilla, habrá
tambien que cortar la cabeza de la jovencita
para devolver el collar