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Érase
una vez un anciano que había perdido a su esposa y vivía
solo.
Había trabajado duramente como sastre toda su vida, pero los infortunios lo habían dejado en bancarrota, y ahora era tan viejo que ya no podía trabajar. Las manos le temblaban tanto que no podía enhebrar una aguja, y la visión se le había enturbiado demasiado para hacer una costura recta. Tenía tres hijos varones, pero los tres habían crecido y se habían casado, y estaban tan ocupados con su propia vida que sólo tenían tiempo para cenar con su padre una vez por semana. El anciano estaba cada vez más débil, y los hijos lo visitaban cada vez menos.
-Qué hay en ese cofre? preguntaron, mirando bajo la mesa. -Oh, nada -respondió el anciano-, sólo algunas cosillas que he ahorrado. Sus hijos lo empujaron y vieron que era muy pesado. Lo patearon y oyeron un tintineo. -Debe estar lleno con el oro que ahorró a lo largo de los años -susurraron. Deliberaron
y comprendieron que debían custodiar el tesoro. Decidieron turnarse
para vivir con el viejo, y así podrían cuidar también
de él. La primera semana el hijo menor se mudó a la casa
del padre, y lo cuidó y le cocinó. A la semana siguiente
lo reemplazó el segundo hijo, y la semana siguiente acudió
el mayor.Así siguieron por un tiempo.
-Pero, ¿qué podía hacer? -preguntó tristemente el segundo hijo-. Seamos francos. De no haber sido por el cofre, lo habríamos descuidado hasta el final de sus días. -Estoy avergonzado de mí mismo -sollozó el hijo menor-. Obligamos a nuestro padre a rebajarse al engaño, porque no observamos el mandamiento que él nos enseñó cuando éramos pequeños. Pero el hijo mayor volcó el cofre para asegurarse de que no hubiera ningún objeto valioso oculto entre los vidrios. Desparramó los vidrios en el suelo hasta vaciar el cofre. Los tres
hermanos miraron silenciosamente dentro, donde leyeron una inscripción
que el padre les había dejado en el fondo: Desconozco su autor
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