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¿Qué percibo de hermoso
en mi vida? ¿Qué hay oscuro en el camino del pasado?
¿Cómo miro hacia adelante, hacia el futuro que
se construye cada día?
P. Fernando Pascual
20-3-2011
Con frecuencia pensamos en nosotros
mismos. A veces desde la propia historia. Otras veces desde
el presente. En ocasiones lo hacemos con la mirada dirigida
hacia el futuro.
Al mirar hacia el pasado, descubrimos
momentos de encuentros y aventuras, de normalidad y exaltación,
que explican nuestra existencia presente.
Más de uno se sorprenderá
al recordar que sus padres se conocieron gracias al asesinato
del abuelo. Otros descubrirán que en su genealogía
hay un gran explorador y un peligroso asesino. Otros no acabarán
de comprender por qué siguen vivos, si los médicos
avisaron a la madre de que ese niño no viviría
más de 6 meses después de nacer.
Hay quienes, al ver su pasado,
sienten cierto orgullo, no siempre bien fundamentado. Llegan
a creer que tienen buena sangre, cuando quizá
sólo tienen en cuenta a algunos familiares y dejan de
lado a otros que resultaría mejor olvidar... Otros agachan
los ojos con cierta vergüenza, como si les diera miedo
reconocer a algunos personajes que dejaron una triste
huella en la historia de sus seres queridos. Otros se sienten
indiferentes: al fin y al cabo, con antepasados buenos o con
antepasados malos, lo importante es existir, y eso ya es mucho.
La mirada al pasado no se limita
a la propia familia. También vemos las acciones (y las
omisiones) de personas que nos educaron, que nos ayudaron, que
nos curaron o que provocaron en nosotros una enfermedad dolorosa.
Además, no podemos cerrar
los ojos a ese pasado escrito desde la propia libertad: opciones
que hemos realizado con mayor acierto, o que nos llevaron a
fracasos amargos que no acabamos de encajar.
Respecto del presente, las perspectivas
son muy variadas. Uno supone que se encuentra en una situación
afortunada, porque realiza el trabajo que siempre había
soñado, porque se lleva bien con sus jefes y sus compañeros,
porque vive con los seres que ama, porque su conciencia está
tranquila.
Otro descubre y toca inquietudes
continuas en su corazón. Ni los estudios realizados,
ni el trabajo que desempeña, ni su familia, ni sus amigos,
le llenan. Siente un extraño vacío
y una profunda disconformidad con lo que le pasa. Sueña
y sueña en que un día podrá salir de situaciones
que ve ahora como túneles oscuros sin sentido.
Otros no saben exactamente dónde
están ni qué tienen. Dejan que la vida siga su
marcha inexorable, se dejan arrastrar por los acontecimientos.
Ni lloran por penas amargas ni sienten euforias por lo que realizan.
Simplemente siguen adelante, con una serenidad extraña,
quizá con apatía, sin grandes sobresaltos y sin
grandes ilusiones.
Respecto del futuro, las miradas
también son muy diferentes. Van desde la esperanza de
quien prevé un paso hermoso y grande en su camino personal
hasta quien encuentra ante sí un horizonte confuso, lleno
de amenazas, sin nada capaz de ilusionarle.
Cada uno puede preguntarse: ¿cómo
me veo a mí mismo? ¿Qué percibo de hermoso
en mi vida? ¿Qué hay oscuro en el camino del pasado?
¿Cómo miro hacia adelante, hacia el futuro que
se construye cada día?
La mirada sería incompleta
si no abriésemos el telón del cielo para reconocer
que existe un Dios que es Padre, que piensa en sus hijos, que
busca al perdido, que tiende la mano al que sufre, que cura
las heridas, que rescata al pecador, que da esperanzas a quien
llora su presente, que viste el horizonte con el arcoiris que
nos recuerda su ternura eterna.
Sólo cuando me ponga ante
los ojos divinos conseguiré verme a mí mismo de
un modo completo, magnífico, inesperado. Mi pasado quedará
entonces en las manos de Dios. Mi presente se mostrará
como un valle rodeado de cariño. Mi futuro brillará
como un horizonte maravilloso de esperanzas...

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