Dice mi hermana que en nuestra infancia, como no contábamos con televisión, teníamos que acudir a la televisión prehistórica. la imaginación. Yo le digo que nunca jamás se conoció televisión mejor y que jamás se inventará otra semejante. Porque en la imaginación teníamos todos los canales a nuestra disposición; no había que soportar que nadie nos adoctrinara desde ideologías que no fueran la elegida, y jamás lkegami (cámara) alguno filmó en tan bellos colores como los que cada uno de nosotros elegía y se inventaba a placer.

Yo siento una cierta compasión ante los niños de ahora, a quienes les damos ya todo inventadísimo. ¿Para qué van a hacer el es- fuerzo de imaginar cuando, a diario, les bombardeamos con imágenes desde que amanece hasta que se acuestan? Su Blancanieves no podrá ser la que ellos se fabriquen; será por fuerza la que les dio Disney encadenada. Sus sueños estarán llenos de pitufos prefabrica- dos y, cuando lean a julio Verne, pensarán que es un señor que puso en letra lo que ellos ya vieron en las películas de la tele. Todo más cómodo. Todo infinitamente menos creativo y, por tanto, mucho menos fecundo para sus almas.

Nosotros tuvimos la fortuna de vivir cuesta arriba, teniendo muchas horas que llenar con sueños e imaginaciones. Y por lo que yo recuerdo, la fantasía funcionaba en aquel tiempo. La Astorga infantil en la que yo viví estaba toda ella hecha como para vivir una fábula. Cada esquina tenía una leyenda. Nos sabíamos dónde y cómo durmió Napoleón cuando allí estuvo, veíamos avanzar ejércitos romanos bajo las murallas, el león de Santocildes peleando con un águuila francesa era casi como todo un curso de historia.

Defensa de la fantasía

Pero lo mejor era que también llenábamos de imaginación la pe- quería vida cotidiana. En casa, por ejemplo, nos pasábamos medio diciembre fabricando cosas para la Navidad y el otro medio mes elaborando bromas para el día de Inocentes: bombones falsos llenos de algodón empapado en vinagre, nueces cuidadosamente vaciadas y más cuidadosamente vueltas a cerrar llenas de viruta, brazos de gita- na preciosamente elaborados en los que la crema recubría un tarugo. La inocentada no era algo improvisado. Se elaboraba como una verdadera pieza teatral.

Y algún año sucedió que la tarta de pega fabricada por mi madre fue un día de Inocentes corriendo por siete u ocho casas, para terminar de nuevo en la mía por obra de alguien que quería darnos una broma sin saber que era mi madre la fabricante original. Todo era tontísimo y un poco primitivo. Pero aquellas tonterías nos hacían vivir y eran, en definitiva, la forma en que nos manteníamos unidos y calientes. Eran, lo recuerdo, los que luego se llamaron "los años del hambre" y hoy creo que puedo aplicar a ellos ese dicho de "comer, no comíamos, pero lo que es reír, nos reíamos muchísimos. Tal vez por eso hoy, cuando mis amigos no paran de contar amarguras de aquellos años, yo sólo puedo recordar horas felices, porque allí donde la realidad resultaba amarga poníamos nosotros el milagro de la imaginación.

Habría que reivindicarla ahora en este gran tiempo de esterilidad colectiva. Porque yo me temo que no sea cierto eso de que los inventos modernos estén ensanchando el mundo. Están, es cierto, haciéndolo más llevadero, pero no sé sí más ancho. Leo, por ejemplo, en los periódicos que en el mundo entero el vídeo está derrotando al libro, que la gente prefiere "ver" una novela a leerla, que ya empiezan a existir revistas en videocasete y que, no tardando mucho, tendremos periódicos filmados. Y tengo que preguntarme si todo eso será un adelanto.

Me lo pregunto porque, como el lenguaje oral está muy bien hecho, resulta que, cuando leemos, hacemos pasar las palabras por el recoveco de la imaginación para mejor entenderlas. Pero el día que entendamos y veamos las cosas directamente, habrá que jubilar nuestra imaginación lo mismo que las máquinas modernas van qui- tando el trabajo a mecanógrafas y linotipistas. Y se producirá, dentro de cada uno de nosotros, algo terrible: el paro de una gran parte de nuestra alma.

Todos tenemos ya parte del alma parada. Dicen los científicos que el hombre usa, más o menos, un 20 por 100 de su cerebro. El día que renunciemos a la imaginación, ¿nos quedará algo? Y seguramente gastaremos menos fósforo mental, pero será a costa de des- poseer a nuestra alma de la poca creatividad que ya le queda.

Por eso la verdad es que no cambio mi infancia por la de los pequeños de hoy. Comíamos y vestíamos peor. No conocíamos un veraneo en la playa hasta la edad de los pantalones largos. Pero estrenábamos y usábamos la imaginación mucho antes. Los niños de ahora ya no la necesitan. La han sustituido por una imaginación de tercera -por esa caja mágica de la que estamos tan orgullosos cuando, como una solitaria silenciosa, está devorándonos uno de nuestros mejores dones: la imaginación.


 
 
Música: "Leaves on The Seine"
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