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El
2 de noviembre es un día
especial para rezar por los difuntos,
para recordar a quienes nos dejaron,
para visitar el cementerio y poner
algunas flores y, sobre todo,
para encomendar a los familiares
muertos a la misericordia de Dios.
También
es un día para pedir por
las almas del purgatorio, por
aquellos hermanos nuestros que
esperan la entrada al cielo, al
que no podemos llegar sin una
completa purificación de
las propias faltas.
Quienes
están en el purgatorio
sufren en formas profundas que
no podemos imaginar. Sufren, es
verdad, con esperanza, porque
llegará la hora en que
podrán recibir el abrazo
eterno de Dios. Pero sufren con
intensidad. Por eso celebran con
inmensa alegría todo lo
que podamos realizar por ellos,
al unir nuestras oraciones a la
Cruz de Cristo.
La
Iglesia recomienda, en este día,
rezar por los difuntos. El "Catecismo
de la Iglesia católica"
(n. 1032) explica:
"Desde
los primeros tiempos, la Iglesia
ha honrado la memoria de los difuntos
y ha ofrecido sufragios en su
favor, en particular el sacrificio
eucarístico (cf DS 856),
para que, una vez purificados,
puedan llegar a la visión
beatífica de Dios. La Iglesia
también recomienda las
limosnas, las indulgencias y las
obras de penitencia en favor de
los difuntos".
Ese
mismo n. 1032 añade una
hermosa cita de san Juan Crisóstomo,
que nos invita a ayudar a quienes
están en el purgatorio:
"Llevémosles
socorros y hagamos su conmemoración.
Si los hijos de Job fueron purificados
por el sacrificio de su padre
(cf. Job 1,5), ¿por qué
habríamos de dudar de que
nuestras ofrendas por los muertos
les lleven un cierto consuelo?
No dudemos, pues, en socorrer
a los que han partido y en ofrecer
nuestras plegarias por ellos"
(San Juan Crisóstomo, homilía
in 1Cor. 41,5).
El
Papa Benedicto XVI también
nos invita a orar por nuestros
hermanos difuntos. En el año
2006, el Papa recordaba que "la
comunidad de los creyentes ofrece
el sacrificio eucarístico
y otras oraciones de sufragio
por aquellos a quienes la muerte
ha llamado a pasar del tiempo
a la eternidad. Rezar por los
difuntos es una obra buena, que
presupone la fe en la resurrección
de los muertos, según lo
que nos han revelado la sagrada
Escritura y, de modo pleno, el
Evangelio" (Benedicto XVI,
homilía, 4 de noviembre
de 2006).
En
2008, el Papa invitaba a orar
por los difuntos con estas palabras:
"Queridos hermanos y hermanas,
unamos nuestra oración
común y elevémosla
al Padre de toda bondad y misericordia
para que, por intercesión
de María santísima,
el encuentro con el fuego de su
amor purifique pronto a estos
amigos nuestros ya difuntos de
toda imperfección y los
transforme para alabanza de su
gloria" (Benedicto XVI, homilía,
3 de noviembre de 2008).
Sí:
recemos con el corazón
por quienes esperan el encuentro
completo con el Señor.
Es un gesto de caridad hacia ellos
y de confianza en Dios, que nos
salva a través del sacrificio
de Jesucristo que celebramos en
cada misa, y que une nuestras
oraciones a la misma entrega que
el Hijo realiza, para nuestra
salvación, en el Calvario.

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