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Emiliano
amanecía cada
día en un rincón
distinto del barrio.
Aquél que le
había dado cobijo
durante la noche, con
un techo de estrellas
sobre su cabeza. Emiliano
pernoctaba allí
donde la noche llegaba
a diario a su realidad.
Y lo hacía al
calor de sus amigos,
que le rodeaban fieles
aportando calidez física
y afectiva. Seis, siete,
ocho perros amigos le
acompañaban en
su vagabundeo diurno
y en su descanso nocturno.
Y Emiliano los trataba
con extraordinarios
cuidados y mimos, aún
a costa de sus propias
privaciones.
Pero ¿quién
era Emiliano? Por el
barrio se comentaban
diversas historias sobre
su vida. Pero todas
coincidían en
un punto: se trataba
de un hombre nacido
en una familia de clase
media. Poseía
estudios universitarios
y había sido
funcionario de carrera
en el Instituto Cartográfico
Nacional.
En su edad joven, con
un trabajo estable,
una casa familiar (sin
familia, eso sí)
y un nivel de vida de
tipo medio, algo debió
de pasar por la mente
de Emiliano. Comenzó
recogiendo cuantos perrillos
abandonados encontraba
a su paso, hasta que
la casa terminó
por asemejarse más
a un albergue canino
que a un hogar. Los
vecinos expresaron a
Emiliano sus quejas
sin resultado alguno.
Vinieron entonces las
denuncias y las pretensiones
de desalojar a los canes.
Hasta que un día,
aquel alma grande y
aquella mente que con
frecuencia se negaba
a pensar de acuerdo
con los modos establecidos,
al unísono decidieron
vivir al margen de horizontes
que limitan.
Y comenzó una
nueva etapa, abandonando
su trabajo y abandonando
su casa, para vivir
en libertad. Sin vecinos
arriba y abajo que se
molestan por saberle
feliz. Sí, la
calle, la calle sería
en adelante su hogar.
Educado siempre, digno,
sin concesiones a la
tentación de
mendigar, Emiliano únicamente
sufría si un
día se encontraba
sin posibilidad de dar
de comer a sus canes
compañeros. Y
éstos crecían
en número cada
verano. Todos los que
eran abandonados por
sus amantísimos
amos, encontraban cariño
al lado de Emiliano.
Lamentablemente, el
número siempre
se equilibraba por la
falta de alguno de ellos.
La ausencia de higiene
y de cuidados veterinarios
se encargaba de impedir
que el número
creciera demasiado.
A primeras horas de
la mañana, era
frecuente ver a Emiliano
durmiendo en un rincón
de la calle, rodeado
de sus amigos para los
que nunca faltaba una
raída manta aunque
él dejara que
su cuerpo descansara
directamente sobre el
suelo.
Su conversación,
siempre instruida y
atenta, hacía
que contara con la simpatía
y la generosidad de
los que habitualmente
pasaban a diario por
su lado. Esto era lo
que le permitía
sobrevivir.
Y aquella noche de finales
de Diciembre, en plenas
vacaciones Navideñas,
el aire congelaba el
aliento. Aparecían
las calles desiertas
y, aquellos a los que
alguna necesidad les
hacía salir de
sus casas, caminaban
apresurados y prácticamente
enfundados hasta los
ojos. Incluso las bombillas
de colores, y su misión
de aportar ambiente
Navideño a las
calles, parecían
haber sido vencidas
por la gélida
noche y ofrecían
una luz tenue, pobre,
fría también.
Algunas, incluso, habían
decidido dejar de brillar
para siempre. Y mostraban
unas figuras Navideñas
imposibles, truncadas,
deshechas.
De vuelta a casa, pasé
a su lado. Sus amigos
los perros habían
sido cuidadosamente
tapados con mantas compartidas,
y se apretaban unos
contra otros intentando
transmitirse un calor
que no tenían.
A sus ojos abiertos
no acudía el
sueño. El frío
y el hambre no son buenos
compañeros de
los sueños. A
su lado, Emiliano frotaba
con energía sus
manos. Siempre se había
negado a acudir a pasar
la noche al refugio
donde los Servicios
Sociales Municipales
le ofrecían cama
y comida. Le habrían
requisado a sus amigos,
los habrían enviado
a la perrera municipal.
Y él nunca consentiría
eso, ellos no estaban
abandonados, le tenían
a él.
Contestó a mi
saludo deseándome
buenas noches. Agradeció,
como siempre atento
sin servilismos, la
moneda que habitualmente
depositaba en su mano
de uñas largas
y negras y de piel cubierta
de una suciedad acumulada
de varias fechas (lavarse
las manos en una fuente
de la calle en pleno
invierno, no es precisamente
un placer). Sus amigos
sólo me siguieron
con la mirada.
También yo le
deseé buenas
noches y proseguí
con prisa mi camino.
Y de repente, oír
mi voz expresando ese
deseo a alguien en aquellas
condiciones, removió
algo dentro de mí,
del corazón,
de mi mente ya acostumbrada
a ver feliz a Emiliano
en cualquier situación.
¿Era mi moneda
habitual la forma de
tranquilizar mi conciencia
por la parte de responsabilidad
que me tocara en la
situación de
todos los Emilianos?.
Pero aquel mi expresado
deseo de "buenas
noches" me sonó
tan banal, que era demasiado
incluso para mi conciencia,
acomodada y posiblemente
poco autoexigente.
Desvié mi trayecto
y entré en uno
de esos supermercados
de horario nocturno.
Llené sendas
bolsas con algo de embutido,
de pan, leche, de alguna
chuchería y...
también de un
poco de vino que aportara
calor. En la otra bolsa
puse suficiente número
de latas con comida
para perros y caminé
contenta al encuentro
de Emiliano. Seguía
en el mismo lugar, seguía
frotándose enérgicamente
las manos.
Satisfecha, le entregué
las bolsas y, tratando
de evitar el tono grave
que en ese momento se
empeñaba en ensombrecer
mi voz, "por si
aún no habéis
cenado" le dije
con premeditada jovialidad
intentando no herir
su dignidad.
Emiliano me miró
-gracias- dijo, y sonrió,
sólo sonrió.
Rápidamente se
puso a rebuscar en las
bolsas, poniendo hacia
un lado, sin hacerle
caso, cada artículo
de comida que encontraba
dentro. Así hasta
que tocó el turno
a aquélla en
que estaban las latas
para los canes. Me miró
y sonrió de nuevo,
con abierta sonrisa
esta vez. "Gracias"
-repitió- "habría
sido suficiente con
esto, yo estoy bien".
Y se volvió,
ya ignorándome,
con prisa por preparar
a sus expectantes amigos
la ansiada comida.
Y ahora, ya no fui capaz
de expresarle otro "buenas
noches". Solo me
encaminé de nuevo
a mi casa, donde me
esperaba el calor. El
del cariño de
mi familia, el de la
calefacción de
la casa, el de la sopa
de mi cena, el de la
música Navideña
de aquellos niños
vestidos de pastorcitos
que cantaban esa noche
en la televisión.
De repente aprecié
todo cuanto poseía
y supe, como nunca,
lo superficiales que
eran mis sensaciones
de necesidad.
Pero Emiliano me había
enseñado. Y aprendí
que yo carecía
de dones en los que
él era inmensamente
rico: su capacidad para
ser feliz sin nada,
su sentido de la amistad
anteponiendo las necesidades
de sus amigos a las
suyas propias, su espíritu
libre sin calendarios
ni relojes que vienen
a recordarte fechas,
horas...
Y mi calendario, inmisericorde,
se empeñó
en recordarme que era
Navidad, pero que existen
en el año 365
noches...
Desconozco
su autor
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