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María nos
invita a guardar lo que Dios nos dice, conservándolo
en el corazón.
Pocas cosas
hay tan hermosas como el entendimiento y la comunicación
entre las personas, cuando comprobamos que comprenden lo que
queremos decir y cuando nosotros mismos sabemos entender a los
demás, llegando a adivinar lo que están pensando
casi antes de que las palabras salgan de su boca. Algo totalmente
distinto de aquellas conversaciones que parecen un diálogo
entre sordos, como si se hablaran distintos lenguajes. Experiencias
tan opuestas como Babel, donde se confundieron las lenguas y
Pentecostés, donde todos se entendían a pesar
de hablar lenguas distintas.
Adentrándonos
en el terreno religioso resulta gratificante sentirnos escuchados
y comprendidos por Dios y conocer con nitidez lo que quiere
de nosotros, sus planes. Pero también puede ocurrir lo
contrario: que nos dé la impresión de que Dios
no nos escucha ni atiende o que seamos incapaces de conocer
su voluntad.
El ser humano
necesita comunicarse, expresar sus sentimientos, sus ideas;
necesita de la acogida y comprensión de los demás.
Pero a veces esto no es posible y no queda más remedio
que guardar silencio, que callar lo que gustaría gritar
o decir y rumiar las cosas en el interior. No es fácil,
pero a la larga es mejor que hablar inútilmente.
Todo esto
me trae a la memoria una frase del Evangelio referida a María,
cuando se encontró con su hijo en el templo de Jerusalén
después de tres días de angustiosa búsqueda,
de ausencia e incertidumbre. Ella no entendía por qué
Jesús les había hecho esto e incluso después
de hablar con Él parece que no consiguió aclarar
muchas dudas. Por lo que el evangelista comenta: ¡Y María
conservaba todas estas cosas guardándolas en su corazón!.
Lo cual equivaldría
a decir más o menos: no entiendo nada, pero no quiero
discutir, me resigno a no encontrar una respuesta clara, esperar
a que algún día, con el tiempo, pueda comprender
el por qué de todo esto. Más o menos equivale
a decir: Señor, hágase tu voluntad, aunque no
la entienda.
Con frecuencia
nuestra impaciencia nos lleva a querer respuestas y soluciones
inmediatas para todo, a reaccionar bruscamente, a incomodarnos,
a querer que los demás nos entiendan a la perfección
o que Dios nos conceda al instante todo lo que le pedimos.
Puesto que
no somos budistas, tampoco es cuestión de cerrar los
ojos como que no pasa nada, tratando de limpiar la mente y dejándola
vacía. Por eso nos reconforta la actitud de María
que nos invita a guardar las cosas conservándolas en
el corazón.
Autor: Máximo
Alvarez | Fuente: Catholic.net
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