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Leonardo
da Vinci ha
sido uno de
los hombres
más extraordinarios
que han existido.
En torno a él
se han inventado
muchas leyendas.
Ésta
tal vez sólo
sea una más
de ellas.
Leonardo
era muy detallista
con sus cuadros,
y muy exigente
a la hora de
encontrar modelos.
El ya tenía
en su mente
una idea de
lo que quería
pintar y necesitaba
encontrar alguien
que estuviera
a la altura
de sus ideas
preconcebidas.
Por eso a veces
se tardaba mucho
en terminar
una obra...
aparte de que
como andaba
metido al mismo
tiempo en tantos
proyectos...
Cuenta
una leyenda
que uno de los
cuadros que
más se
tardó
en pintar fue
el de la Ultima
Cena. El ya
tenía
una imagen de
cada uno de
los personajes,
así que
se dio a la
tarea de encontrar
modelos adecuados.
El
primero que
encontró
fue al que representaría
a Cristo. Era
un joven tan
lleno de vida,
con tal fuerza
espiritual,
que al exigente
Leonardo le
llenó
el ojo. Siguió
después
con Pedro, un
hombre recio
y maduro. Y
así se
fue encontrando
poco a poco
con cada uno
de los Apóstoles...
Pasaron varios
años,
y el cuadro
estaba aún
incompleto.
Sólo
le faltaba un
personaje, Judas
Iscariote.
A
Leonardo le
parecía
que debía
ser alguien
que representara
la misma indignidad,
alguien que
al verlo provocara
una sensación
de repudio.
Visitó
muchos sórdidos
lugares, pero
nadie alcanzaba
la altura de
depravación
que su imaginación
de artista requería.
Pasaron muchos
más años,
y entre muchas
otras cosas
que realizó
que tantas que
dejó
a medias, el
cuadro de la
Ultima Cena
se le estaba
quedando sin
concluir.
Algún
conocido, enterado
de la larga
y estéril
búsqueda
de Leonardo,
le fue a contar
alborozado:
"¡Leonardo,
creo que encontré
lo que buscas!"
Y le refirió
la historia
de un hombre
vil al cual
habían
condenado a
muerte por toda
una larga serie
de fechorías
sin nombre.
Este amigo usó
su influencia
para evitar
que se cumpliera
la sentencia
hasta que Leonardo
pudiera ver
a este tipo.
Al gran genio
le llamó
la atención
el asunto, y
se dirigió
al lugar donde
pudo encontrar
a este sujeto.
En cuanto lo
vio, su cara
se iluminó
por completo.
En efecto, esto
era lo que él
buscaba; representaba
la esencia misma
de la maldad,
era un reflejo
de lo más
bajo a lo que
podía
caer un ser
humano.
El
pintor se presentó
al hombre este.
-
"¿Sabes
quién
soy?"
-
"¿Quién
no lo sabe?
Tú eres
el maestro Leonardo."
-
"Bueno
pues tengo una
propuesta que
hacerte. Te
necesito para
que seas modelo
de una de mis
pinturas. Mientras
te ocupe no
te ejecutarán.
Y cuando termine
puedo darle
una cantidad
de dinero a
alguna persona
en tu nombre.
No se si te
interese."
-
"¿Y
qué cuadro
estás
pintando?"
-
"El de
la Ultima Cena"
-
"¿Y
qué personaje
seré
yo?"
En
este momento
Leonardo soltó
una carcajada:
"¿Pues
quién
más?
¡Judas
Iscariote!"
El
hombre aquel,
guardó
silencio y bajó
la mirada. Y
lo que no se
creería
posible ocurrió...
Empezó
a llorar. Levantó
la cabeza hacia
el pintor mientras
decía
con gran desesperación:
"¡Leonardo!
¿No me
reconoces? Yo
soy aquél
con el que iniciaste,
hace muchos
años
ese cuadro...
¡Ayer
Cristo... ahora
Judas!
Que
gran realidad
es la de que
el hombre es
un ser abierto
al bien y al
mal. Podemos
tener tantas
cualidades y
disponibilidades
para ser alguien
grande... pero
al mismo tiempo
tenemos toda
la posibilidad
de caer por
la pendiente
de la depravación.
A
este respecto
nos dice San
Francisco "Hay
muchos que,
al pecar o al
recibir una
injuria, echan
frecuentemente
la culpa al
enemigo o al
prójimo.
Pero no es así,
porque cada
uno tiene en
su dominio al
enemigo, o sea,
al cuerpo, mediante
el cual peca.
Por
eso, dichoso
aquel siervo
que a tal enemigo,
entregado a
su dominio,
lo mantiene
siempre cautivo
y se defiende
sabiamente de
él; porque,
mientras hiciere
esto, ningún
otro enemigo
visible o invisible
le podrá
dañar."
(Admonición
10)
Cuidemos
cada paso que
demos en la
vida, para que
en nosotros
no se haga realidad
esta leyenda.
Desconozco
su autor

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Imagen:
Leonardo
da Vinci
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La
última
cena
(1495
a 1497
)
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