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Buscamos,
en el camino de la vida, agarraderas
firmes, puntos de apoyo estables.
Deseamos cualidades, amigos,
objetos y circunstancias que
ofrezcan seguridades, que generen
optimismos, que nos lancen a
emprender el trabajo con más
energía.
Pero
casi todos los puntos fuertes
tienen una debilidad intrínseca,
ineliminable, que nos sorprende
cuando menos lo esperamos.
Porque
quien confía en su salud
y su fuerza física puede
encontrarse, en pocas horas,
o en pocos segundos, sometido
bajo el peso de la enfermedad
o resquebrajado por las heridas
de un accidente.
Porque
quien se apoya en sus cualidades
intelectuales, en su ingenio,
en su lógica, en su habilidad
para convencer a otros, tarde
o temprano descubrirá
que ha cometido un error ridículo
que lo lleva a la ruina.
Porque
quien siente tener amigos fieles,
poderosos, dispuestos a sacarle
de apuros o a auparlo en la
propia carrera profesional,
un buen día tiene que
reconocer que más de
un amigo le ha clavado
un cuchillo (basta una simple
calumnia) por la espalda, y
que muchos otros le abandonan
en el momento de la desgracia.
Porque
quien mira una y otra vez el
dinero almacenado en el banco,
las escrituras de un piso que
vale mucho en el mercado, el
motor y las ruedas de un coche
último modelo, se encuentra
de repente con que la quiebra
del banco, el engaño
de un funcionario sin escrúpulos
o la habilidad de un ladrón
permiten que lo material desaparezca
del horizonte de las propias
seguridades.
¿Qué
queda, entonces? ¿Vivimos
una existencia frágil,
donde nada permanece, donde
todo cambia? ¿Tenía
razón el famoso Heráclito
con su teoría del flujo
continuo? ¿Hay que abandonarse
a la deriva, en medio de un
mar inseguro y siempre peligroso?
Es
verdad que muchos de nuestros
puntos fuertes nos
salvan de peligros y nos permiten
superar momentos de prueba.
Al mismo tiempo, en el camino
ocurren hechos imprevistos que
resultan agradablemente favorables.
Una deuda, de repente, ha quedado
perdonada. Un enemigo que había
jurado venganza implacable,
nos tiende la mano en el momento
en el que más lo necesitábamos.
El coche viejo, precisamente
por estar casi destartalado,
nos ha salvado la vida ante
un criminal que, al vernos,
desistió de matarnos
por algo que no valía
la pena.
Nuestra
vida es un camino lleno de sorpresas.
Hay cosas que pasan, que mudan,
que se evaporan.
Otras, las más íntimas,
las más profundas, permanecen
y nos acompañan durante
más tiempo.
En
medio del frenesí y de
las prisas, descubrimos que
sólo queda, que sólo
dura, que sólo vale,
aquello que se escribe en el
Reino de los cielos, lo que
nace desde el Amor de Dios y
nos conduce a amar más
a Dios y a los demás
hombres y mujeres que viven
a nuestro lado.
Es
entonces cuando reconocemos
que lo débil según
este mundo puede convertirse
en lo más fuerte, si
queda tocado y transformado
por la gracia de Cristo que
vino para rescatarnos del pecado
y de la muerte (cf. 1Cor 1,26-31)
y para ofrecernos el gran imponderable
de Su Amor salvífico.



| Música:
"The Sirens Of Ulyses"
de Relax Music Series
-Lejanias- |
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