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Adiós,
amor, adiós, divina lumbre
que daba claridad a mis sentidos.
Adiós, adiós,
dulcísima costumbre
de amar, de ser, de oír,
de haber vivido.
Todo
se me hace extraño reencuentro,
volver a la Gran Rueda comenzada,
empezar desde el linde de la
nada,
sacarse toda la pasión
de adentro.
Esto
que fui ya tiene lastimera
desolación de ruina que
persiste.
Adiós, adiós.
Es sumamente triste
la hora de partir, la postrimera.
Entre
uno y otro extremo está
la vida,
entre el ser y el oscuro acatamiento.
Adiós. Me ocupa todo
el sentimiento
esta costumbre que llamamos
vida.
Si
sucesivamente retornara
en los rostros oscuros y diversos,
vuelva la melodía de
estos versos
donde otro yo con este yo soñara.
Con
el que quiere despuntar, y ahora,
ya casi desprendido de envoltura,
tienta en la oscuridad la forma
pura
y sobre muros derribados llora.
Soy
el puñado de ceniza ardiente
que de la Nada quiere levantarse,
hasta que al fin, definitivamente,
escuche la señal de dispersarse.

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