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Es
frecuente que se comparen la
vida con un río que baja
desde los montes hasta el mar.
Se ensancha en unos lugares
y se estrecha en otros. Recorre
tranquilamente plácidos
valles y llanuras. Los trechos
de calma se intercalan con rápidos
turbulentos y espumosos que
caen en lagunas cristalinas.
Sus aguas fluyen incesantes
hasta diluirse en el ancho mar.
Al
igual que un río, una
vida hermosa es aquella que
en cada una de sus etapas sean
éstas serenas o torrentosas,
se encomienda en manos de Dios
y fluye a tenor de Su voluntad.
Pero
¿qué suele ser
lo que atrae más a los
turistas, fotógrafos,
artistas y demás? ¿Qué
despierta más admiración?
¿Los meandros que traza
el río serenamente a
través del llano? No.
Es la majestuosa catarata, en
la que el río se deja
caer de lleno en un profundo
abismo rocoso. Si se observa
detenidamente, en medio del
mismo se puede descubrir un
arco iris.
Todos
disfrutamos de la placidez de
los valles y las llanuras, y
a veces desearíamos poder
quedarnos allí para siempre.
Pero la vida continúa.
Dios
sabe lo que hay tras el siguiente
recodo, y Él nos guiará
a través de los estrechos
desfiladeros, los torrentes
espumosos, e incluso esas cataratas
que por momentos parecen detenerle
a uno el pulso.
Si
tu mano está firmemente
asida de la Suya, no solo podrás
superar los problemas y peligros
de la vida, sino que esos retos
hasta te resultarán emocionantes.


| Música:
Chopin "Nocturno
en piano y violín" |
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