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"Este
niño será un signo
de contradicción... porque
revelará lo que hay en
cada corazón..."
(Lc. 2, 34-35)
Los
invitamos a nuestros comercios,
los rechazamos de nuestras mesas.
Los
encerramos con alambradas en
nuestras fábricas, los
alejamos con perros de nuestras
casas.
Los
seducimos desde la sonrisa de
la publicidad, les cerramos
el rostro cuando se acercan.
Los
recibimos cuando son trabajo
y moneda, los esquivamos cuando
son justicia y encuentro.
Arrasamos
en minutos un barrio vivo, estudiamos
la colocación de una
estatua muerta.
Los
congregamos con promesas cuando
dan un voto, los dispersamos
con balas cuando exigen un derecho.
Los
contratamos cuando son fuerza
joven, los barremos cuando son
bagazos exprimidos.
Los
admiramos cuando levantan nuestras
mansiones, los separamos con
las mismas paredes que construyeron.
Les
damos limosnas cuando son niños
y débiles, les aplicamos
cárcel y sospechas cuando
son dignos y fuertes.
Exaltamos
en libros y sermones su bienaventuranza,
su cercanía no mide el
sentido de la vida nuestra.
Jesús,
te acogemos cuando eres bondad
y perdón, te excluimos
cuando eres denuncia y justicia.
Como
todo pobre de nuestros caminos
eres un signo de contradicción.


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