| La
sociedad existe sólo cuando
esta edificada sobre principios
irrenunciables. Uno de ellos es
el de la confianza mutua.
Vivimos
con otros, en casa o en la calle,
en el trabajo o en el autobús,
en un parque o en un equipo de
deporte, porque existe entre nosotros
confianza mutua. Porque pensamos
que hay respeto, honestidad, acogida.
Porque creemos que el familiar
o el amigo no nos engañan,
son sinceros.
Pero
la confianza y toda la vida social
quedan gravemente heridas por
culpa de la mentira. Porque la
mentira implica engaño,
traición, injusticia. Porque
la mentira nace cuando uno quiere
usar la buena fe de
otros para satisfacer un pequeño
gusto egoísta o para alcanzar
una enorme ganancia
a costa de los demás.
Según
san Agustín La mentira
consiste en decir falsedad con
intención de engañar.
A
través de la mentira se
dañan gravemente las virtudes
de la caridad y de la justicia.
Perjudica enormemente a la sociedad,
precisamente por dañar
la confianza entre los hombres:
La mentira, por ser una
violación de la virtud
de la veracidad, es una verdadera
violencia hecha a los demás.
Atenta contra ellos en su capacidad
de conocer, que es la condición
de todo juicio y de toda decisión.
Estamos
de acuerdo: la mentira provoca
daños enormes, hiere profundamente
la confianza entre los hombres.
Pero... ¿cómo vencerla?
¿Cómo eliminar esa
tentación continua que
nos lleva a engañar, a
manipular las palabras para conseguir
una victoria (más
dinero, un ascenso laboral), para
desahogar la sed de venganza,
para herir por la espalda a nuestro
prójimo?
Hay
que mirar dentro, en el corazón,
para descubrir cuál es
la raíz de la mentira:
el amor desordenado a uno mismo
que lleva al desprecio de Dios
y del hermano. La mentira inicia
en el interior, en la ambición
corrosiva, en el rencor siempre
encendido, en la envidia, en la
sed de venganza. Otras veces,
la mentira nace desde un falso
sentido de conservación:
para ocultar un pecado, para evitar
un castigo, para no desdibujar
la buena imagen que otros tengan
de nosotros.
Al
mentir, en definitiva, decimos
sí al egoísmo y
no al amor. Es decir, nos hacemos
un daño inmensamente más
grande que el pequeño (pequeñísimo,
porque siempre es miserable) beneficio
que uno pueda conseguir con la
mentira.
Queda,
además, el otro aspecto
de la mentira: el daño
que otros reciben. Cuando un esposo
se siente engañado, cuando
un padre ve cómo el hijo
aumenta cada día la dosis
de mentiras, cuando un compañero
de trabajo nota que la confianza
depositada en el amigo
se ha esfumado como bruma ante
el sol... nace en los corazones
una pena profunda: alguien que
creíamos bueno nos ha engañado,
nos ha mentido, nos ha traicionado.
Frente
a ese daño, hay que reaccionar.
El mentiroso necesita ponerse
ante Dios, de rodillas, humildemente,
para reconocer con plena sinceridad
el pecado cometido. Luego, pedirá
fuerzas, y reparará: suplicará
perdón a Dios y a quienes
ha engañado, promoverá
el bien del prójimo herido,
incluso se comprometerá
para no permitir que nadie, en
su presencia, promueva mentiras,
injurias o calumnias contra otras
personas.
Dios
quiere ayudarnos a arrancar de
nuestra vida el gran daño
sembrado por miles de mentiras
que circulan en el mundo humano.
Quiere, sobre todo, que empecemos
a vivir como hombres sinceros,
honestos, enamorados. Capaces
de mirar a nuestro hermano con
el mismo cariño con el
que le mira Dios, con el mismo
deseo de vivir unidos, bajo la
Verdad de Cristo, en el camino
que construye un mundo más
bueno y más enamorado.
P.
Fernando Pascual (Resumen)
Fuente:
catholic.net
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