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La mayoría
de nosotros vivimos en ambientes urbanos. Las personas
que abandonan las poblaciones rurales para emigrar a la
ciudad van perdiendo las formas tradicionales de solidaridad
comunitaria.
Vivimos
como vecinos distantes; preocupados cada cual por sus
asuntos. El mensaje de Pentecostés es un desafío
que nos anima para reconstruir la comunión universal.
La lengua, los gestos y los símbolos son instrumentos
para aproximamos y hermanarnos.
El Espíritu
del resucitado es una fuerza que congrega a vivir en amorosa
cercanía. Bajo su impulso, ya no existen los extraños.
Ya no catalogamos a nadie como el otro o el diferente.
El Espíritu
nos auxilia para qué edifiquemos puentes que nos
hermanen y reconcilien. La religión verdadera nos
empuja a vivir la fraternidad universal.
Fuente:
Reflexión
dominical "La verdad católica"
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