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Las guerras religiosas
y las disputas por territorios o recursos naturales son
constantes en la historia humana.
Tal constatación
no es un argumento que nos exima de trabajar en favor
de la paz y el respeto entre personas y sociedades divergentes.
El Dios a quien confesamos
como Padre universal nos impulsa a traducir nuestra fe
en una actitud de tolerancia, conciliación y diálogo
interreligioso con quienes miran y viven la vida de forma
diferente. Por más que resuenen continuamente las
predicas sectarias y los discursos alentados por el odio
o el fanatismo, no podemos dejamos enredar por esa espiral
violenta y excluyente.
La paz entre las naciones
no logrará consolidarse, si no hay paz entre las
religiones. Esta será posible cuando aprendamos
a dialogar con respeto desde nuestra confesión
creyente.
Fuente:
Reflexión
dominical "La verdad católica"
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