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Las circunstancias
históricas cambian aceleradamente. Si en un tiempo
los factores raciales y religiosos eran determinantes
para organizar la convivencia social, ahora toman la delantera
los factores económicos.
Nunca ha sido cuestión
sencilla apuntalar la convivencia de grupos y personas
diferentes en condiciones de igualdad. El ser humano inventa
ideologías y criterios de juicio sesgados para
justificar el predominio de los fuertes sobre los débiles.
Lo más detestable
es que se haya pretendido organizar una forma de convivencia
excluyente y discriminatoria con la supuesta aprobación
divina.
La sordera humana
no ha querido comprender que el Dios de judíos
y cristianos es el padre amoroso que ama a toda persona,
sin distinción de exterioridades.
El cristianismo no
legitima ningún sistema de convivencia que promueva
la desigualdad y la inequidad.
Reflexión
dominical "La verdad católica"
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