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DECIR Y HACER
XXXI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

No hace muchos años el entonces Papa Pablo VI afirmaba que el mundo actual necesita más de testigos que de predicadores... Quizás todavía no alcancemos a entender, y mucho menos aceptar, el alcance de verdad de tal enseñanza. Eran los años setenta cuando la Iglesia era exigida a renovarse al interno y hacia fuera para ser fiel a su Maestro y Señor y creíble a un mundo en rápido proceso de secularización. Gandhi, uno de los testigos más aceptados del siglo pasado, decía admirar a Cristo pero no creía en los cristianos porque su forma de vida no correspondía a su fe.

El evangelio de Jesucristo es una ventana a la realidad de aquel tiempo y un espejo para nosotros peregrinos en este tiempo. Lo que escuchamos este domingo es una ventana para asomarnos y ver la situación que vivía el judaísmo de aquella época. El profeta Malaquías (primera lectura) denuncia a los sacerdotes por el abuso de la buena fe de la gente y el uso de su ejercicio de maestros de la Ley para buscar favores, renombre, títulos.
La incoherencia los hacía predicadores vacíos, parlanchines que debilitan la fuerza y el frescor de la Palabra contenida en la Ley.

Pero también ese "ustedes" dirigido a los discípulos en el Evangelio de hoy es un espejo en el que somos invitados a vernos, sacerdotes y fieles de esta época. Jesús alerta a los discípulos de todos los tiempos sobre lo que puede pasar en el seno de la comunidad si no somos testigos humildes, dóciles y coherentes. Predicar la Palabra sin cumplirla, llevar la Palabra en la cabeza pero no en el corazón ni en las manos, dar consejos a otros y quedarse sin ellos es abusar de la confianza de Dios y de la gente.

Jesús critica también -y duramente- el servirse de la Palabra para tener autoridad y hacerse 'maestros': "¡No dejen que los llamen 'maestros'! ¡ Sólo hay un Maestro y todos ustedes son hermanos". La razón es clara: ante el Padre todos somos hijos y ante la Palabra todos somos discípulos. Si pretendemos hacernos 'maestros' es muy probable que impidamos enseñar al verdadero Maestro. Si pretendemos 'ser más' que los hermanos es muy probable que los tiranicemos y así neguemos la paternidad de Dios.

Las mismas denuncias, advertencias y exhortaciones aplican a nosotros y nuestras comunidades. El mensaje es el mismo: el testimonio de la coherencia vale más que todas las palabras que digamos. Si tenemos un ministerio en la Iglesia lo hemos de realizar con humildad y docilidad, como Cristo. Cualquier liderazgo no ha de ser ocasión para lucirse, buscar poder, fama o dinero; todo debe ser para gloria de Dios y el bien común. No olvidemos que todos somos hermanos y hemos de esforzarnos para vivir realmente como hijos de un mismo Padre. Si así lo hacemos seremos buenos testigos y no predicadores vacíos, simuladores y fraudulentos.

Con mi afecto y bendición para todo el mes de noviembre.


+ Sigifredo

Obispo de/en Zacatecas

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