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El evangelio de San
Lucas nos lleva de la mano para que acompañemos
a Jesús en su éxodo hacia Jerusalén.
El camino de la liberación incluye un proceso largo
lleno de paradojas y adversidades.
No es fácil
para los israelitas transitar por el desierto. Tampoco
a Jesús le resulta llevadero recorrer el camino
del amor pleno que lo convertiría en un crucificado.
El escándalo resulta desmesurado para los Doce
y sigue siéndolo para nosotros.
Cada vez que busquemos
escamotear las exigencias del seguimiento de Jesús,
podríamos meditar en la escena de la transfiguración.
De esa manera entenderíamos que el Padre jamás
abandona a quienes le son fieles, sino que los reivindica
para siempre y los hace partícipes de su gloria.
La cruz no es la última
palabra del Padre. Su acción decisiva emerge en
la resurrección de Jesús.
Reflexión
dominical "La verdad católica"
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