Durante los últimos años su sola voluntad no alcanzó para contrarrestar los ataques de la política, la cultura y la sociedad en general. Miró con dolor cómo gente buena era subordinada a oportunistas y corruptos, como el gozar de derechos permitió vulnerarlos, como se puede agraviar amparado en la libertad de expresión.
Su salud continuó deteriorándose cuando se aceptó que el voto de un alumno valiera tanto como el de un profesor, que se liberara a asesinos por fallas técnicas durante su arresto, y que los derechos humanos sean solo de los victimarios, nunca de las víctimas.
Empeoró más aún cuando se dispuso que las escuelas deben pedir permiso a los padres para administrar una aspirina a su hijo, pero no pueden avisarle que su hija está embarazada o usando drogas.
Finalmente, Sentido Común perdió sus ganas de vivir cuando comprobó que los medios de comunicación sólo opinan, no informan, y que ser "veterano de guerra" sólo aplica a los conscriptos, nunca a suboficiales y oficiales que también enfrentaron las balas.
Cuando se enteró que poner bombas y matar por una ideología de izquierda es una forma de "protesta apasionada", en tanto combatir ese método es "represión indiscriminada de inocentes", su corazón no aguantó más.
Sentido Común fue precedido en la muerte por su padre y su madre, Verdad y Confianza; su esposa, Discreción, y sus hijas, Responsabilidad y Razón.
Lo sobreviven tres hermanastros: Derecho, Tolerancia y Queja.
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